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miércoles, 21 de septiembre de 2011

El reto de los 30 libros - día diecinueve

La consigna del día es: uno que te haya sorprendido por bueno.

Sin dudarlo:

Rosaura a las diez, de Marco Denevi.


No debería haberme sorprendido viniendo de Denevi. Sus cuentos siempre me atraparon y él resulta ser uno de mis escritores admirados. Pero hay una razón para la sorpresa: generalmente cuando un autor es muy prolífico, su obra va creciendo junto con él. 

Esto es que cada libro resulta mejor que el anterior. Y si uno comete el error de comenzar a leerlo desde el libro más nuevo hacia atrás, se desilusiona. Me pasó con muchos autores, por eso lo digo. Y la decepción es grande. Entonces viene un ejercicio para comprender la época, la coyuntura y lo que sea que concluye en lo que dije antes: no es que el primer libro sea malo, es que el autor ha crecido.

Denevi siempre fue de mis favoritos, pero lo que había alcanzado a leer de él era posterior a Rosaura a las diez. Por lo que me daba cierto miedo meterme de cabeza en una novela probablemente hija de su pluma en pleno aprendizaje. Tenía ganas, pero le escapaba... hasta que apareció en casa una colección de suplementos de la revista Selecciones. Se trata de fascículos antiquísimos, de a cuatro o cinco van componiendo un libro entero que se encuaderna dentro de una cajita muy mona. El papel es papel común (ya de un color té aguado por el paso del tiempo), tapas blandas como las de las revistas y con dibujos alegóricos. En el caso de Rosaura a las diez, en el mismo paquete venía Ceremonia secreta, y unos cuentos sueltos y poemas de diferentes autores.
Ahora que la tenía en casa ya no había excusa: tenía que leerla. Aún así me resistí hasta que la vi a mi hija  leyendo los fascículos.


- Y ¿qué tal? ¿vale la pena? -le pregunté.
Mi hija me respondió que sí, muy entusiasmada.
Así que caí en la tentación temerosa de que un ídolo se me viniese abajo. Ocurrió todo lo contrario. Tanto Rosaura a las diez como Ceremonia secreta me resultaron excelentes.
Apenas me introduje en las páginas de Rosaura noté cierto parecido en la distribución de los párrafos y en el sistema de los capítulos con la novelita Quién de nosotros, de Benedetti. Pero, Denevi es anterior. No sé si Denevi inauguró el estilo narrativo de Rosaura a las diez (que luego copió Benedetti), no tengo un registro previo de algún autor que lo haya usado, pero es innovador y conlleva un trabajo literario importante. Porque Denevi relata Rosaura a las diez en primera persona, desde la voz de diferentes personas, distintos sexos, edades, franjas sociales. Y lo hace como si tuviera esos personajes metidos dentro, como si fuera todos y cada uno de ellos.


Acerca de Rosaura A Las Diez
Rosaura a las diez, la primera novela de Marco Denevi, es un singular ejemplo de la vitalidad literaria. Sin la apoyatura publicitaria habitual para los libros de aparición reciente, y pasado ya el tiempo de exhibición del filme que, con el mismo título, dirigió Mario Sóffici, con Juan Verdager y Susana Campos en los papeles protagónicos, Rosaura a las diez es hoy en el mundo una de las pocas novelas plenamente vigente y más leídas de la literatura argentina moderna. 
El argentino MARCO DENEVI (1922) puede contarse, sin ningún género de duda, entre los narradores más destacados no sólo de su país, sino de toda Hispanoamérica. Elementos característicos de las obras de este «ejercitador de las letras» -como alguna vez él mismo se ha definido-, siempre admirablemente bien construidas, son los personajes que bordean lo estrafalario cuando no incurren de lleno en ello, la ambigüedad de la percepción y el conocimiento, el predominio de la intriga y un humor que tiende al negro. En ROSAURA A LAS DIEZ -novela ganadora del Premio Kraft en 1955, con la que irrumpió en el panorama de las letras en castellano, y que Mújica Láinez, miembro a la sazón del jurado, calificó de «una verdadera narración, una narración que no se diluye en nimiedades, una narración en la que por fin sucede algo»- se despliega gradualmente ante nosotros a través de cinco testimonios distintos, con firme pulso narrativo, la trama de un misterio que atrapa al lector desde el comienzo de la obra y lo obliga a ir dando formas sucesivas a la encarnadura de una historia inverosímil y a la vez trivial. Reducir, no obstante, esta novela a la categoría de una «novela de misterio» sería tan simplista como miope. Por debajo de la perfección de su engranaje y del dominio de los recursos narrativos, de ella parece acabar surgiendo con fuerza una concepción de la existencia como la de algo caótico y disgregado, de un inquietante doble juego en que se ven envueltos el ser y la imagen que de él reflejan los fragmentos de un espejo roto.

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